Lee Kuan Yew: De Tercer Mundo a Primero - La Historia de Singapur (Resumen en Español)

No muchos países han logrado pasar del Tercer Mundo al Primero. Singapur lo hizo, y su fundador, Lee Kuan Yew, tuvo la gentileza de escribir un libro sobre cómo lograrlo. América Latina es una región que necesita urgentemente una guía sobre cómo entrar al Primer Mundo desde un entorno postcolonial. Irónicamente, el libro “From Third World to First: The Singapore Story, 1965–2000” (De Tercer Mundo a Primero: La historia de Singapur, 1965-2000), junto con la mayoría de las obras del Sr. Lee Kuan Yew, aún no ha sido traducido al español ni al portugués. Singapur representa un sólido modelo de desarrollo para América Latina, particularmente para naciones pequeñas y estratégicamente ubicadas como Costa Rica, Panamá y Cuba.
He estado enviando correos electrónicos a la editorial, HarperCollins, durante años solicitando permiso para traducir y publicar el libro por mi propia cuenta. No he recibido respuesta alguna. Si bien no puedo obligarlos a traducir la obra al español, lo menos que puedo hacer es publicar este resumen extendido generado por IA en español.
A continuación presento un resumen de cada capítulo y sección del libro de Lee Kuan Yew, De Tercer Mundo a Primero: La historia de Singapur, 1965-2000, redactado en español:
Prólogo y Prefacio
Lee Kuan Yew explica que escribió estas memorias para las nuevas generaciones de singapurenses que, habiendo nacido en la prosperidad, podrían dar por sentadas la estabilidad y el crecimiento del país. Recuerda que Singapur es una nación “creada por el hombre” en una isla pequeña sin recursos naturales, rodeada de vecinos más grandes y a menudo hostiles. El autor enfatiza que el orden público, la seguridad personal y el progreso económico no son el estado natural de las cosas, sino el resultado de un esfuerzo constante y un gobierno honesto. Relata brevemente los traumas que forjaron su carácter: la brutal ocupación japonesa, el activismo anticolonial contra Gran Bretaña y la amarga lucha contra los comunistas y los extremistas malayos durante la breve y fallida unión con Malasia entre 1963 y 1965. La traumática separación de 1965 lo dejó con la misión de construir una sociedad multirracial basada en la igualdad, como un “artículo de fe” para sobrevivir al aislamiento.
Capítulo 1: Ir por cuenta propia (Going It Alone)
Este capítulo narra la angustia tras la expulsión de Singapur de la Federación de Malasia el 9 de agosto de 1965. Lee describe el sentimiento de desolación al quedar a cargo de dos millones de personas en una isla que era “un corazón sin cuerpo”, pues había perdido su zona de apoyo económica (hinterland). La prensa internacional predecía un colapso inminente; se dudaba que una ciudad-estado tan pequeña pudiera ser viable. Además de la viabilidad económica, Lee enfrentaba amenazas personales de fanáticos raciales y la incertidumbre sobre cuánto tiempo permanecerían las bases británicas en la isla. Bajo un estricto régimen de seguridad, Lee y su gabinete comenzaron a buscar reconocimiento internacional en la ONU y a establecer las bases de una economía nueva, ya que el comercio tradicional de procesamiento de materias primas estaba desapareciendo. El autor concluye que Singapur no podía permitirse ser una nación “ordinaria”; debía ser extraordinaria, más eficiente y mejor organizada que sus vecinos para atraer inversiones y sobrevivir.
Capítulo 2: Construir un ejército desde cero
Al momento de la independencia, Singapur no tenía un ejército propio; sus pocos batallones estaban bajo mando malayo, lo que hacía a la isla vulnerable a un golpe de Estado desde Kuala Lumpur. Lee relata incidentes de tensión racial en los cuarteles y la necesidad urgente de crear una fuerza de defensa creíble. Tras ser rechazado por India y Egipto en su pedido de asesores militares, Singapur recurrió secretamente a Israel. Para evitar conflictos con la población musulmana local y regional, los asesores israelíes fueron llamados “mexicanos”. Se implementó el Servicio Nacional (NS) obligatorio, un paso difícil en una cultura china que tradicionalmente despreciaba la carrera militar. El objetivo no era solo la defensa, sino también la integración social de jóvenes de distintas etnias. Con el tiempo, Singapur desarrolló la doctrina de “Defensa Total”, involucrando a toda la sociedad y utilizando la tecnología para compensar su pequeña población, convirtiendo a las fuerzas armadas en una institución respetada y moderna.
Capítulo 3: Gran Bretaña se retira
Singapur confiaba en que la presencia militar británica duraría al menos una década más para proteger el crecimiento económico del país. Sin embargo, en 1968, el gobierno laborista de Harold Wilson anunció una retirada total y acelerada para 1971 debido a crisis financieras en el Reino Unido. Lee describe sus frenéticos viajes a Londres para negociar una extensión o, al menos, una retirada menos perjudicial. La salida británica no solo era un riesgo de seguridad, sino un golpe económico masivo, ya que las bases generaban el 20% del PIB de Singapur. Lee logró que el Reino Unido entregara equipos e infraestructura valiosa, como el astillero naval de Sembawang, para convertirlos a uso civil. El vacío de seguridad se llenó parcialmente con el Acuerdo de Defensa de las Cinco Potencias (FPDA), pero la lección fundamental para Lee fue que Singapur debía ser el responsable final de su propia protección, marcando el fin de la era de seguridad garantizada por extranjeros.
Capítulo 4: Sobrevivir sin hinterland
Sin el mercado malayo, Singapur tuvo que inventar una estrategia económica sin precedentes: atraer a las corporaciones multinacionales (MNC) de Occidente y Japón. Contrario a la teoría económica de la época, que veía a las multinacionales como explotadoras, Lee las vio como la única forma de obtener tecnología, mercados y empleos rápidamente. Se creó la Junta de Desarrollo Económico (EDB) como una ventanilla única para inversores. Una estrategia clave fue convertir a Singapur en un “oasis del Primer Mundo” en una región del Tercer Mundo, ofreciendo estándares de infraestructura, salud y honestidad administrativa superiores. Lee relata cómo personalmente “vendió” Singapur a CEOs de empresas como Texas Instruments, HP y GE. El éxito de esta política industrial convirtió a la isla en un centro mundial de electrónica y refinación de petróleo, resolviendo el problema del desempleo masivo y sentando las bases de la prosperidad actual.
Capítulo 5: Crear un centro financiero
Este capítulo detalla cómo Singapur aprovechó su ubicación geográfica y zona horaria para convertirse en un eslabón vital de las finanzas globales. La idea surgió al notar que Singapur podía cerrar la brecha de tiempo entre el cierre de los mercados en San Francisco y la apertura en Zúrich, permitiendo un servicio bancario de 24 horas en todo el mundo. El gobierno estableció la Autoridad Monetaria de Singapur (MAS) con estándares de supervisión extremadamente rigurosos para generar confianza internacional. Lee narra cómo rechazaron licencias a bancos de dudosa reputación, como el BCCI, prefiriendo un crecimiento sólido basado en la integridad que uno rápido pero arriesgado. También describe la creación del mercado del “dólar asiático” y cómo la estabilidad del dólar de Singapur, respaldado por reservas totales, protegió al país de la inflación y las crisis regionales.
Capítulo 6: Ganarse a los sindicatos (Winning Over the Unions)
Este capítulo narra la difícil transición de Singapur de un sindicalismo combativo y politizado, heredado del modelo británico, hacia un sistema de cooperación tripartita. Lee Kuan Yew explica que, para atraer inversión extranjera y generar empleos, era imperativo terminar con la cultura de huelgas constantes que paralizaron la isla en los años 50 y principios de los 60. El punto de inflexión fue la huelga ilegal de los trabajadores de limpieza en 1967. El gobierno respondió con extrema firmeza, despidiendo a quienes no regresaran al trabajo y desregistrando al sindicato. Lee convenció a los trabajadores de que “nadie le debe la vida a Singapur” y que la única forma de prosperar era aumentando la productividad y la disciplina.
Bajo el liderazgo de Devan Nair, el Congreso Nacional de Sindicatos (NTUC) se transformó en un socio del desarrollo. En lugar de solo pedir aumentos salariales, los sindicatos crearon cooperativas exitosas en sectores como seguros (Income), taxis (Comfort) y supermercados (FairPrice), lo que permitió a los trabajadores beneficiarse del crecimiento económico como copropietarios de la economía nacional. Se estableció el Consejo Nacional de Salarios (NWC) para garantizar que los aumentos de sueldo estuvieran ligados a la productividad real, eliminando las confrontaciones destructivas y asegurando la paz industrial que convirtió a Singapur en un destino seguro para las multinacionales.
Capítulo 7: Una sociedad justa, no de bienestar (A Fair, Not Welfare, Society)
Lee detalla su rechazo frontal al modelo de “estado de bienestar” europeo, al que consideraba responsable de erosionar la ética de trabajo y la responsabilidad individual. Su visión era crear una sociedad de propietarios, no de dependientes del Estado. La herramienta clave fue el Fondo Central de Previsión (CPF), un sistema de ahorro obligatorio donde empleados y empleadores aportan un porcentaje del salario. En lugar de usar estos fondos para subsidios de consumo, el gobierno permitió a los ciudadanos usarlos para comprar sus propios apartamentos construidos por la Junta de Vivienda y Desarrollo (HDB).
El autor argumenta que el hecho de que el 90% de la población sea dueña de su hogar es el mayor pilar de la estabilidad política del país: un ciudadano con propiedad tiene un interés real en defender la nación y su economía. En salud, Singapur implementó el sistema Medisave, donde cada individuo ahorra para sus propios gastos médicos, evitando el desperdicio común en los sistemas gratuitos. Lee enfatiza que el Estado ayuda a los más necesitados a través de fondos específicos (Medifund), pero siempre manteniendo el principio de copago para evitar el abuso de los recursos. El objetivo final era la autosuficiencia de la familia, considerada la unidad básica y sagrada de la sociedad.
Capítulo 8: Los comunistas se autodestruyen (The Communists Self-Destruct)
En este capítulo, Lee analiza cómo el partido de oposición Barisan Sosialis, de inclinación comunista, facilitó la consolidación del Partido de Acción Popular (PAP) mediante errores estratégicos fatales. Tras la independencia de 1965, el Barisan decidió boicotear el Parlamento, calificando la independencia de Singapur como una “farsa”. Al abandonar la arena constitucional para “llevar la lucha a las calles” —imitando la Revolución Cultural de China—, perdieron el contacto con las aspiraciones de una población que deseaba estabilidad y empleo, no agitación ideológica.
Lee relata casos dramáticos, como el intento de suicidio en prisión de Lim Chin Siong, el carismático líder del frente unido comunista, quien terminó por desilusionarse del movimiento y renunciar a la política. El vacío dejado por la oposición permitió al PAP ganar todos los escaños en varias elecciones consecutivas, dándole al gobierno un mandato total para implementar reformas profundas sin obstrucciones. Lee advierte que el peligro comunista era real y subterráneo, pero su derrota definitiva no fue solo policial, sino económica: cuando el gobierno cumplió sus promesas de vivienda y trabajo, la retórica revolucionaria perdió su atractivo para las masas.
Capítulo 9: Mantenerse en el centro (Straddling the Middle Ground)
Tras obtener el control total del Parlamento, el desafío de Lee fue evitar que el poder absoluto corrompiera al PAP o lo desconectara de la realidad. La estrategia fue ocupar permanentemente el “centro político”, absorbiendo las mejores ideas de la izquierda y la derecha para no dejar espacio a alternativas extremistas. Lee describe cómo enfrentó a los nuevos opositores no comunistas, como J.B. Jeyaretnam, a quienes consideraba oportunistas sin un programa constructivo. El autor justifica su uso de demandas por difamación en las cortes para proteger la integridad del cargo de primer ministro, argumentando que en una nación joven, la reputación de sus líderes es su activo más valioso.
Para compensar la falta de voces críticas en un parlamento dominado por un solo partido, el gobierno introdujo innovaciones como los Miembros del Parlamento Nominados (NMP) y los Miembros del Parlamento No Constituyentes (NCMP), permitiendo que intelectuales y voces independientes participaran en el debate nacional. Lee insiste en que el gobierno debe ser pragmático y honesto, enfrentando las quejas ciudadanas mediante unidades de retroalimentación (Feedback Unit), pero sin ceder a presiones populistas que pudieran comprometer el futuro a largo plazo del país.
Capítulo 10: Cultivar y atraer talento (Nurturing and Attracting Talent)
Este es uno de los capítulos más personales y controvertidos, donde Lee expone su convicción de que el talento humano es el único recurso natural de Singapur. Implementó un sistema de meritocracia extrema, identificando a los estudiantes más brillantes desde la primaria para otorgarles becas estatales y enviarlos a las mejores universidades del mundo (Oxford, Cambridge, Harvard) con el compromiso de que regresaran a servir en la administración pública o las fuerzas armadas. Lee creía que un país pequeño solo puede sobrevivir si es gobernado por una “aristocracia del talento” con altos estándares éticos.
El capítulo aborda el famoso “Gran Debate sobre el Matrimonio” de 1983. Lee notó con alarma que los hombres graduados se casaban con mujeres de menor educación, mientras que las mujeres graduadas se quedaban solteras. Basado en su creencia de que la inteligencia es en gran parte heredada, lanzó campañas e incentivos para fomentar que los graduados se casaran entre sí, con el fin de asegurar que la próxima generación mantuviera un alto nivel intelectual. Aunque la política fue muy criticada por su tinte elitista y eugenésico, Lee se mantuvo firme en que ignorar las tendencias demográficas y de talento sería un suicidio para una ciudad-estado cuya única ventaja competitiva es el cerebro de su gente.
Capítulo 11: Muchas lenguas, un solo idioma (Many Tongues, One Language)
Este capítulo aborda uno de los desafíos más delicados de Singapur: la política lingüística en una sociedad multirracial. Lee Kuan Yew explica que, al independizarse, el país era una torre de Babel con dialectos chinos, malayo, tamil e inglés. La decisión de Lee fue pragmática y arriesgada: estableció el inglés como la lengua de trabajo y de instrucción principal. El inglés no pertenecía a ninguna etnia local, lo que evitaba que un grupo dominara a otros, y además abría las puertas al comercio global, la ciencia y la tecnología.
Sin embargo, Lee temía que un Singapur solo de habla inglesa perdiera su identidad cultural y sus valores asiáticos, convirtiéndose en una copia superficial de Occidente. Por ello, implementó el bilingüismo obligatorio: los estudiantes debían dominar el inglés y su “lengua materna” (mandarín para los chinos, malayo para los malayos y tamil para los indios). Este proceso no estuvo exento de conflictos, especialmente con la comunidad educada en chino. Lee relata el doloroso pero necesario cierre de la Universidad de Nanyang, que enseñaba en chino, para fusionarla con la Universidad de Singapur y garantizar que los graduados tuvieran empleos en una economía que ya hablaba inglés. También lanzó la campaña “Habla Mandarín” para unificar a los chinos, que hablaban diversos dialectos (como el hokkien o el cantonés), facilitando así la comunicación interna y, años más tarde, los negocios con una China en apertura. El bilingüismo fue, para Lee, el puente entre la modernidad económica y la preservación del alma cultural de la nación.
Capítulo 12: Mantener el gobierno limpio (Keeping the Government Clean)
Lee Kuan Yew dedica esta sección a la lucha contra la corrupción, a la que consideraba el cáncer de las naciones recién independizadas en Asia y África. Desde que el Partido de Acción Popular (PAP) asumió el poder en 1959, sus líderes vistieron camisas y pantalones blancos para simbolizar la pureza y la honestidad. Lee enfatiza que para que un sistema sea limpio, la rectitud debe empezar por la cabeza: si los ministros son corruptos, no hay esperanza para los niveles inferiores.
Para combatir este mal, fortaleció la Oficina de Investigación de Prácticas Corruptas (CPIB), dándole poderes autónomos para investigar a cualquiera, incluidos ministros y al propio Primer Ministro. El enfoque de Singapur no fue solo punitivo, sino preventivo. Lee implementó una política de salarios altos para los funcionarios públicos, argumentando que si se quería a los mejores talentos y se deseaba evitar la tentación del soborno, el Estado debía pagar sueldos competitivos con el sector privado. El capítulo narra casos trágicos y aleccionadores, como el del ministro Teh Cheang Wan, quien se suicidó tras ser descubierto en un acto de corrupción, prefiriendo la muerte a la vergüenza pública. Lee concluye que la honestidad gubernamental es el activo más valioso de Singapur, pues genera la confianza necesaria para atraer inversión extranjera y asegura que cada dólar de los impuestos llegue realmente a los ciudadanos.
Capítulo 13: Singapur verde (Greening Singapore)
Este capítulo revela la visión de Lee sobre el entorno físico como una herramienta competitiva. Lee creía que un Singapur limpio y verde sería la mejor carta de presentación para los inversores extranjeros; si el país era capaz de cuidar sus árboles y sus calles, era capaz de cuidar los negocios. Así nació la visión de la “Ciudad Jardín”. Lee no solo dio órdenes, sino que se involucró personalmente, enviando equipos a todo el mundo para buscar plantas que pudieran prosperar en el clima ecuatorial y supervisando la plantación de millones de árboles.
Un componente crucial fue la limpieza del río Singapur y la cuenca de Kallang, que en los años 70 eran alcantarillas abiertas. El proyecto tomó diez años e implicó reubicar a miles de vendedores ambulantes, granjas de cerdos y pequeñas industrias contaminantes hacia centros modernos con saneamiento. Lee también impuso leyes estrictas contra la basura y el vandalismo, creyendo que el comportamiento social debía ser reeducado mediante la disciplina y la infraestructura. Se prohibieron los fuegos artificiales y, más tarde, el chicle, para mantener la limpieza y la eficiencia de los nuevos trenes urbanos. Para Lee, una ciudad verde y ordenada no era un lujo estético, sino un símbolo de una sociedad civilizada y disciplinada que eleva la moral y el orgullo de sus ciudadanos.
Capítulo 14: Manejar los medios (Managing the Media)
Lee Kuan Yew expone aquí su controvertida filosofía sobre la libertad de prensa. A diferencia del modelo occidental de prensa como “cuarto poder” o perro guardián, Lee sostenía que en un país joven, frágil y multirracial como Singapur, los medios debían subordinarse a los objetivos nacionales de estabilidad y crecimiento. Argumentaba que la prensa no tenía derecho a incitar tensiones raciales o religiosas ni a actuar como un partido político opositor si no había sido elegida en las urnas.
El capítulo detalla las batallas de Lee con publicaciones extranjeras como Time, The Asian Wall Street Journal y The Economist. En lugar de prohibirlas (lo cual sería ineficaz), Singapur optó por restringir su circulación, permitiendo que la gente las leyera pero reduciendo sus ingresos por publicidad. Lee exigía siempre el “derecho a réplica”: si un medio publicaba algo incorrecto, debía publicar la corrección del gobierno sin editarla. El autor justifica estas medidas como una defensa de la soberanía nacional contra intereses extranjeros que, según él, buscaban imponer valores occidentales o desestabilizar el país. Para Lee, el papel de la prensa local era informar y educar, no cuestionar sistemáticamente la autoridad de un gobierno que estaba entregando resultados tangibles para la mayoría.
Capítulo 15: Conductor de una orquesta (Conductor of an Orchestra)
En el capítulo final de la primera parte, Lee utiliza la analogía de una orquesta para describir el papel del Primer Ministro. Su función no era tocar cada instrumento, sino seleccionar a los mejores músicos y coordinarlos para que la nación funcionara en armonía. Enfatiza la importancia de la meritocracia y el trabajo en equipo, destacando a sus colaboradores clave como Goh Keng Swee (el cerebro económico) y S. Rajaratnam (el filósofo y diplomático).
Lee detalla su obsesión por la sucesión. A diferencia de otros líderes que se aferran al poder, él dedicó décadas a identificar, probar y preparar a la “segunda generación” de líderes para asegurar que la estabilidad continuara después de su retiro. También aborda cómo manejó problemas sociales complejos, como el rezago educativo de la comunidad malaya, fomentando la creación de organizaciones de autoayuda como Mendaki. Lee explica que el buen gobierno requiere tanto análisis racional como sensibilidad política; un líder debe saber cuándo presionar y cuándo retroceder. El éxito de Singapur no fue obra de un solo hombre, sino de un gabinete de individuos excepcionalmente capaces que compartían una visión de supervivencia y excelencia, operando bajo una disciplina rigurosa para convertir a una pequeña isla en una potencia mundial.
Capítulo 16: Altibajos con Malasia (Ups and Downs with Malaysia)
Este capítulo describe la relación más difícil y emocional para Singapur: la convivencia con su vecino del norte tras la separación. Lee Kuan Yew relata cómo los líderes malayos, especialmente el Tunku Abdul Rahman, inicialmente esperaban que Singapur fracasara y regresara “de rodillas” a la federación. La relación estuvo marcada por una dinámica de “hermano mayor y hermano menor” (abang-adik), donde Malasia esperaba que Singapur fuera complaciente a cambio de su supervivencia económica y el suministro de agua. Lee detalla las constantes fricciones por el uso de la retórica racial en los medios malayos, las disputas sobre el control de fronteras en la Calzada y las amenazas veladas de cortar el agua.
Con la llegada de Tun Razak y la implementación de la Nueva Política Económica (NEP) para favorecer a los malayos étnicos (bumiputras), la brecha ideológica se profundizó: mientras Malasia buscaba el dominio de una raza, Singapur se consolidaba como una meritocracia multirracial. Lee destaca que, a pesar de las tensiones, logró avances significativos con Mahathir Mohamad, a quien describe como un líder pragmático y decidido que, a diferencia de sus predecesores, estaba dispuesto a aprender del éxito de Singapur. El capítulo concluye señalando que, aunque las crisis (como las disputas sobre tierras ferroviarias y espacio aéreo) son cíclicas debido a visiones nacionales opuestas, ambos países son interdependientes y deben mantener nervios de acero para evitar conflictos que destruyan la armonía regional.
Capítulo 17: Indonesia: de enemigo a amigo (Indonesia: From Foe to Friend)
Lee narra la transformación de la relación con el gigante regional, que pasó de la hostilidad de la “Konfrontasi” bajo Sukarno a una asociación estable con Suharto. Un punto crítico fue la ejecución en Singapur de dos comandos indonesios en 1968 por un atentado terrorista. Este acto provocó el saqueo de la embajada de Singapur en Yakarta y una crisis diplomática profunda. Lee explica cómo el embajador Lee Khoon Choy trabajó pacientemente para ganarse la confianza de los generales de Suharto, entendiendo la importancia de la mística y los valores javaneses.
El deshielo definitivo ocurrió en 1973, cuando Lee, en un gesto diplomático altamente simbólico, esparció flores sobre las tumbas de los comandos ejecutados. Esto permitió una relación de “cuatro ojos” (empat mata) con Suharto, basada en la franqueza y el respeto mutuo. Lee admiraba la disciplina de Suharto para reconstruir Indonesia y su rechazo al comunismo, lo que alineaba los intereses de seguridad de ambos países. A pesar de momentos de tensión, como la ocupación de Timor Oriental (donde Singapur se abstuvo en la ONU por principios de soberanía), la relación fue el ancla de la estabilidad en el sudeste asiático. Lee concluye que el éxito de la ASEAN dependió de que Indonesia, bajo Suharto, no actuara como un país hegemónico, sino como un “primero entre iguales”.
Capítulo 18: Vínculos con Tailandia, Filipinas y Brunéi
En esta sección, el autor analiza sus relaciones con otros vecinos clave. Con Tailandia, destaca la admiración por su capacidad histórica de adaptación diplomática y la estrecha colaboración en seguridad frente a la amenaza de Vietnam. Lee trabajó con varios primeros ministros tailandeses para coordinar la resistencia contra la expansión comunista en Indochina. Respecto a las Filipinas, el tono es más crítico. Lee describe la era de Ferdinand Marcos como una mezcla de extravagancia y corrupción que devastó la economía del país. Reflexiona sobre la “cultura blanda” filipina, que a menudo perdona los abusos de sus élites, y argumenta que lo que una nación necesita para desarrollarse es disciplina antes que una democracia al estilo estadounidense, la cual, según él, no logró erradicar la pobreza ni la corrupción en el archipiélago.
Finalmente, el capítulo aborda la relación especial con Brunéi. Lee detalla su amistad con el sultán Omar Ali Saifuddien, quien decidió no unirse a Malasia por desconfianza hacia el gobierno federal. Singapur y Brunéi, ambos estados pequeños y ricos rodeados de vecinos grandes, forjaron una alianza basada en la confianza absoluta, manteniendo incluso la intercambiabilidad de sus monedas. Lee ayudó a preparar a Brunéi para su independencia en 1984 y para su ingreso en la ASEAN, consolidando una relación que persiste hasta hoy.
Capítulo 19: Vietnam, Myanmar y Camboya
Este capítulo relata el difícil proceso de integrar a las naciones de Indochina y a Myanmar en el mundo moderno. Tras la caída de Saigón en 1975, Singapur veía a Vietnam como los “prusianos del sudeste asiático”: arrogantes, militarmente formidables y con desprecio por sus vecinos. La relación comenzó con enfrentamientos, incluyendo un incidente de secuestro de avión en 1977. Lee describe a los líderes vietnamitas como hombres endurecidos por la guerra, pero inicialmente incapaces de entender la economía de mercado. Tras años de conflicto por la ocupación vietnamita de Camboya, la relación se normalizó en los años 90. Lee visitó Vietnam para asesorarlos sobre reformas económicas, notando que el pueblo era inteligente y trabajador, pero estaba frenado por una burocracia comunista obsoleta.
Sobre Camboya, Lee detalla el horror del genocidio de Pol Pot y el papel activo de Singapur para evitar que el régimen títere instalado por Vietnam fuera reconocido internacionalmente. Singapur apoyó a las fuerzas de resistencia no comunistas y trabajó arduamente en la ONU para restaurar la soberanía camboyana. Respecto a Myanmar, Lee lamenta el aislamiento y el declive de un país que alguna vez fue próspero, atribuyéndolo a la rigidez de su liderazgo militar y su incapacidad para adaptarse al sistema global. El capítulo muestra a un Lee Kuan Yew pragmático, dispuesto a ayudar a antiguos enemigos a integrarse a la economía regional por el bien de la estabilidad colectiva.
Capítulo 20: Asean-Unpromising Start, Promising Future
La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) nació en 1967 en un clima de gran incertidumbre y baja expectativa. Lee admite que no esperaba mucho de sus objetivos iniciales, pero el valor real del grupo fue político: crear solidaridad frente al vacío de poder que dejaría la retirada británica y estadounidense. El autor subraya que el éxito de la ASEAN se debió en gran medida a la actitud de Suharto, quien moderó las aspiraciones hegemónicas de Indonesia para permitir una cooperación basada en el consenso. Aunque la cooperación económica fue lenta —Lee bromea sobre la brecha entre las cientos de recomendaciones anuales y las pocas implementadas—, las reuniones frecuentes, las sesiones de canto y el golf ayudaron a construir relaciones personales que evitaron conflictos armados.
Un hito de solidaridad fue la oposición conjunta a la invasión vietnamita de Camboya y la lucha comercial contra la política de aviación proteccionista de Australia. Lee explica que estas crisis forjaron una voz común para la región ante las grandes potencias. En los años 90, Singapur impulsó la creación de la Zona de Libre Comercio de la ASEAN (AFTA) para competir con el ascenso de China e India. El capítulo cierra reflexionando sobre la expansión del bloque hacia los países de Indochina y Myanmar, señalando que, aunque el camino es difícil, la ASEAN ha logrado convertir una región de conflictos en una de las zonas económicas más dinámicas del mundo en desarrollo.
Capítulo 21: La crisis de Asia Oriental, 1997-1999 (East Asian Crisis)
Este capítulo analiza el “tifón financiero” que devastó las economías del sudeste asiático a finales de los 90. Lee explica que la crisis comenzó en marzo de 1997, cuando el baht tailandés fue atacado por especuladores. Aunque Tailandia pidió ayuda a Singapur para defender su moneda, Lee y su gabinete se negaron a agotar sus reservas en una batalla perdida. Para julio, Tailandia se vio obligada a flotar el baht, lo que provocó una caída del 15% y un pánico que se extendió a Indonesia, Malasia y las Filipinas. Lee identifica la raíz del problema en la debilidad estructural: estos países habían anclado sus monedas al dólar estadounidense mientras sus empresas se endeudaban masivamente en dólares, asumiendo que el tipo de cambio sería eterno.
El autor relata las reacciones dispares de los líderes regionales. Mientras el primer ministro malayo, Mahathir Mohamad, denunciaba a George Soros y a los “especuladores judíos” en discursos incendiarios que alejaron aún más a los inversores, Singapur mantuvo la calma. El dólar de Singapur, al no estar anclado al dólar de EE. UU. sino gestionado contra una canasta de monedas, resistió mejor el golpe. Lee critica duramente a los analistas occidentales que culparon a los “valores asiáticos” del colapso; según él, el problema no era la cultura confuciana, sino el “capitalismo de amigos” (cronyism) y la falta de transparencia. El capítulo concluye señalando que la crisis fue una lección dolorosa sobre la necesidad de sistemas bancarios rigurosos y que, aunque el “milagro asiático” fue puesto en duda, los fundamentos de ahorro y educación de la región asegurarían su recuperación a largo plazo.
Capítulo 22: Dentro del club de la Commonwealth (Inside the Commonwealth Club)
Lee reflexiona sobre su larga participación en las Reuniones de Jefes de Gobierno de la Commonwealth (CHOGM). Describe cómo el grupo pasó de ser un club selecto de excolonias con lazos afectivos con Gran Bretaña a un foro masivo y a menudo retórico para el Tercer Mundo. El autor utiliza estas reuniones para ofrecer retratos agudos de líderes mundiales: el canadiense Pierre Trudeau, a quien admiraba por su mente bilingüe y afilada; el jamaiquino Michael Manley, cuyas políticas socialistas Lee consideraba ruinosas para su isla; y el zambiano Kenneth Kaunda, más centrado en la política racial que en la economía.
Un tema recurrente fue la lucha contra el apartheid en Sudáfrica y el régimen de Rodesia, temas que consumían horas de debate. Lee relata cómo Singapur, siendo una nación pequeña, utilizaba estos encuentros para establecer su propia identidad diplomática, evitando ser visto como un simple peón de los británicos o estadounidenses. También menciona con ironía el contraste de estilos: mientras muchos líderes de países pobres llegaban en aviones privados lujosos y alquilaban flotas de Cadillacs, él insistía en viajar en vuelos comerciales y mantener un perfil austero para preservar la imagen de Singapur como una nación que trabajaba por su éxito. El capítulo destaca la importancia de la Reina Isabel II como el hilo conductor que mantenía unido este diverso grupo de naciones, y cómo Lee recibió altos honores británicos, aunque prefirió no usar el título de “Sir” para no alienar a su electorado local.
Capítulo 23: Nuevos vínculos con Gran Bretaña (New Bonds with Britain)
Este capítulo marca el fin de una era: el 24 de septiembre de 1975, cuando el último buque de la Royal Navy abandonó la base de Sembawang, cerrando 150 años de influencia militar británica. Lee confiesa que el ajuste fue difícil para su generación, que era profundamente anglocéntrica y se sentía cómoda con las instituciones británicas. Sin embargo, observó con tristeza el declive económico del Reino Unido, que atribuía a una sociedad dividida por clases, sindicatos combativos y un estado de bienestar que adormecía la iniciativa individual. Para Lee, Gran Bretaña necesitaba una meritocracia para sobrevivir sin su imperio.
El autor destaca la figura de Margaret Thatcher como la líder que logró revertir esta tendencia. Lee admiraba su voluntad de hierro para enfrentar a los mineros y recortar el gasto público, aunque reconoce que su estilo podía ser abrasivo para otros. Relata cómo las visitas de Thatcher a Singapur sirvieron para que ella “reaprendiera” lecciones de libre mercado y disciplina que Singapur había tomado originalmente de la mejor tradición británica. A pesar de la retirada militar, los lazos persistieron en la educación —con los graduados de Oxbridge aún dominando la élite de Singapur—, el idioma y el sistema legal. Lee concluye que, aunque la generación de su hijo está más enfocada en los Estados Unidos (la Pax Americana), Singapur siempre conservará el ADN institucional que Gran Bretaña dejó atrás, transformando una relación de dependencia colonial en una de socios económicos modernos.
Capítulo 24: Vínculos con Australia y Nueva Zelanda
Lee explora la relación con sus vecinos “blancos” del sur, marcada por el trauma compartido de la Segunda Guerra Mundial y la caída de Singapur en 1942. El autor describe la evolución de Australia desde ser una avanzada británica aislada hasta aceptar su destino geográfico en Asia. Singapur y Australia compartían una visión geoestratégica: ambos consideraban vital la presencia militar de EE. UU. para el equilibrio de poder en el Pacífico. Sin embargo, las relaciones personales con los líderes australianos fueron variadas. Lee tuvo roces constantes con Gough Whitlam, a quien consideraba impulsivo y propenso a una retórica de “buen vecino” que no se traducía en apertura comercial, mientras que encontró una mejor sintonía con Malcolm Fraser y Paul Keating.
El capítulo detalla la crisis de Timor Oriental en 1999 como un “bautismo de fuego” para Australia en la región. Lee observó cómo el primer ministro John Howard tuvo que liderar la fuerza internacional InterFET, una misión costosa y arriesgada que obligó a Australia a enfrentar la ira de los nacionalistas indonesios. Sobre Nueva Zelanda, Lee destaca su naturaleza más tranquila y firme, calificando a sus tropas como los “Gurkhas del Pacífico Sur”. Menciona el giro antinuclear de David Lange en los 80, que puso en riesgo la alianza ANZUS, una decisión que Lee consideró imprudente en un mundo que aún necesitaba el equilibrio de las grandes potencias. En última instancia, Lee sostiene que la lógica de la geografía y la economía terminará por integrar plenamente a estos dos países en la dinámica asiática.
Capítulo 25: Leyendas y líderes del sur de Asia (South Asia’s Legends and Leaders)
En esta sección, Lee ofrece sus impresiones sobre la India, Pakistán y Sri Lanka. El autor sentía una profunda admiración intelectual por Jawaharlal Nehru, el primer arquitecto de la India moderna, pero critica amargamente su adopción del socialismo de planificación centralizada al estilo soviético, que Lee consideraba el lastre que impidió que la India prosperara como el este de Asia. Lee describe sus encuentros con Indira Gandhi, una líder a la que respetaba por su dureza política, pero cuya administración no pudo superar la inercia de un “estado blando” y corrupto donde las reformas económicas se ahogaban en la burocracia.
Sobre Pakistán, relata sus interacciones con Benazir Bhutto y su esposo Asif Ali Zardari, a quien describe como un personaje carismático pero peligroso, involucrado en negocios turbios. Respecto a Sri Lanka, Lee lamenta la tragedia de un país que en los años 50 era el modelo a seguir para Singapur, pero que se autodestruyó debido a conflictos étnicos y lingüísticos entre cingaleses y tamiles, una advertencia constante para Lee sobre lo que podría pasar en Singapur si fallaba la armonía racial. El capítulo sirve como una comparación sombría: mientras el sudeste y este de Asia despegaron gracias al pragmatismo económico y la apertura al mundo, el sur de Asia quedó atrapado durante décadas en la ideología, la ineficiencia y las divisiones internas, perdiendo la oportunidad de sacar a millones de la pobreza.
Continuamos con el análisis detallado de los capítulos 26 al 30, donde Lee Kuan Yew explora la inserción de Singapur en el escenario de las grandes potencias mundiales y su relación con Occidente y el bloque soviético.
Capítulo 26: Siguiendo a Gran Bretaña hacia Europa (Following Britain into Europe)
En este capítulo, Lee narra los esfuerzos diplomáticos para asegurar que Singapur no quedara aislado económicamente tras el ingreso del Reino Unido en la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1973. Lee comprendió que los antiguos lazos coloniales y las preferencias comerciales con Londres desaparecerían, por lo que Singapur debía construir relaciones directas con los gigantes del continente, especialmente Francia y Alemania. El autor describe sus encuentros con líderes como Georges Pompidou y, más tarde, Jacques Chirac y Helmut Kohl. Lee buscaba que Europa viera al sudeste asiático no solo como un mercado, sino como un socio estratégico para equilibrar la influencia de Estados Unidos y Japón.
Un punto central es la relación con Alemania Occidental. Lee admiraba profundamente la disciplina alemana y su capacidad de reconstrucción tras la guerra. Estableció una amistad cercana con el canciller Helmut Schmidt, con quien compartía una visión pragmática de la geopolítica. Sin embargo, Lee también expresa su frustración ante el proteccionismo europeo, particularmente en sectores como la aviación y los textiles. El capítulo detalla la creación de la Reunión Asia-Europa (ASEM) en los años 90, un esfuerzo impulsado por Singapur para institucionalizar el diálogo entre ambos continentes. Lee concluye que, aunque Europa tendía a ser “eurocéntrica” y a veces sermoneadora sobre los derechos humanos, su tecnología y capital eran vitales para la modernización de Singapur.
Capítulo 27: La Unión Soviética: Un imperio que salió mal (The Soviet Union: An Empire Gone Wrong)
Lee ofrece una visión fascinante y crítica de sus interacciones con el bloque soviético. Relata sus visitas a Moscú en 1970 y 1980, donde quedó impresionado por el poderío militar y la escala de la infraestructura, pero horrorizado por la ineficiencia económica y la falta de incentivos personales. Describe a los líderes soviéticos, como Kosygin y Brezhnev, como hombres inteligentes pero atrapados en un sistema ideológico rígido que asfixiaba la innovación. Para Lee, el colapso del comunismo no fue una sorpresa, sino la consecuencia lógica de ignorar la naturaleza humana y la economía de mercado.
El autor analiza cómo Singapur manejó la Guerra Fría. Aunque Singapur permitía que los barcos soviéticos usaran sus astilleros comerciales, Lee siempre dejó claro que la isla no se convertiría en una base para la expansión comunista. Relata la tensión provocada por la invasión soviética de Afganistán y el apoyo de Moscú a la ocupación vietnamita en Camboya, hechos que Singapur condenó enérgicamente. Lee observó con interés el ascenso de Mijaíl Gorbachov, pero consideró que su error fue intentar la reforma política (Glasnost) antes que la económica (Perestroika), a diferencia del modelo chino de Deng Xiaoping. El capítulo es una advertencia sobre cómo el poder militar sin una base económica sólida es insostenible a largo plazo.
Capítulo 28: Estados Unidos: Anticomunista y anticolonial (America: Anti-Communist and Anti-Colonial)
Este capítulo detalla la compleja y a veces turbulenta relación inicial con la superpotencia americana. Lee recuerda con franqueza el incidente de la CIA en 1960, cuando un agente estadounidense intentó sobornar a un funcionario de inteligencia de Singapur; Lee denunció el hecho públicamente años después, provocando una crisis diplomática. A pesar de estos roces y de su desconfianza inicial hacia lo que él consideraba la “arrogancia” de los servicios de inteligencia de EE. UU., Lee llegó a la conclusión de que la presencia estadounidense era el único garante de la paz en Asia frente a la expansión de China y la URSS.
Lee analiza el impacto de la Guerra de Vietnam. Aunque muchos en Occidente la vieron como un fracaso total, Lee argumenta que la intervención de EE. UU. en Vietnam “compró tiempo” vital para que el resto del sudeste asiático (Singapur, Malasia, Tailandia, Indonesia) estabilizara sus economías y derrotara a sus propias insurgencias comunistas. Sin ese escudo estadounidense, Lee cree que el mapa de la región hoy sería muy diferente. El capítulo resalta la admiración de Lee por la apertura de la sociedad estadounidense y su capacidad de autocrítica, pero también su rechazo a que EE. UU. intentara imponer su modelo democrático y social en culturas con tradiciones y necesidades distintas.
Capítulo 29: Compromiso estratégico con los Estados Unidos (Strategic Engagement with the US)
Aquí Lee profundiza en la consolidación de Singapur como un socio estratégico indispensable para Washington. El autor describe cómo cortejó activamente a las multinacionales estadounidenses, convenciendo a empresas como Texas Instruments y Hewlett-Packard de que Singapur era un refugio seguro y eficiente. La relación pasó de ser meramente transaccional a una asociación profunda en defensa y tecnología. Lee relata sus reuniones con presidentes desde Lyndon B. Johnson hasta Ronald Reagan, a quien describe como un líder con una claridad moral que ayudó a ganar la Guerra Fría.
Un tema recurrente es la insistencia de Lee en que Singapur debía ser útil para EE. UU. para asegurar su protección. Cuando las bases estadounidenses en Filipinas cerraron en los años 90, Singapur ofreció instalaciones logísticas para la Marina de EE. UU., un movimiento que generó críticas de sus vecinos pero que Lee consideraba esencial para mantener el equilibrio de poder. El autor también aborda las tensiones comerciales y las disputas sobre propiedad intelectual, pero subraya que, por encima de los desacuerdos puntuales, Singapur siempre vio en el mercado y la seguridad de EE. UU. los pilares de su propia prosperidad. Lee enfatiza que el liderazgo estadounidense es “benigno” en comparación con otras potencias históricas, lo que lo hace el socio preferido de Asia.
Capítulo 30: El papel de Estados Unidos en Asia (America’s Role in Asia)
En este capítulo final de la sección sobre EE. UU., Lee reflexiona sobre el futuro de la presencia americana en el Pacífico ante el ascenso de China. Advierte que una retirada de EE. UU. provocaría una carrera armamentista entre Japón y China que desestabilizaría a todo el continente. El autor narra su mediación constante para que los políticos en Washington entendieran las sensibilidades asiáticas, especialmente en temas de derechos humanos y democracia.
El capítulo aborda con detalle el famoso caso de Michael Fay en 1994, un adolescente estadounidense sentenciado a azotes por vandalismo en Singapur. El incidente provocó una tormenta mediática en EE. UU. y una intervención directa del presidente Bill Clinton pidiendo clemencia. Lee se mantuvo firme, argumentando que la ley debe aplicarse por igual a todos, independientemente de su nacionalidad. Este caso se convirtió en un símbolo del debate sobre los “valores asiáticos” frente al liberalismo occidental. Lee concluye que EE. UU. debe ser una potencia participante en Asia, no un árbitro moral. Para él, la Pax Americana es necesaria no para imponer la democracia, sino para mantener un campo de juego nivelado donde las naciones pequeñas puedan prosperar sin ser avasalladas por potencias regionales.
Capítulo 31: Japón: El primer milagro de Asia (Japan: Asia’s First Miracle)
En este capítulo, Lee Kuan Yew describe la evolución de su percepción sobre el pueblo japonés, que pasó del horror a la admiración. Recuerda con crudeza la ocupación japonesa de Singapur (1942-1945), marcada por una crueldad sistemática y masacres como la de Sook Ching, donde murieron miles de civiles chinos. Sin embargo, tras la guerra, observó con asombro cómo los soldados japoneses se transformaron en prisioneros modelo, disciplinados y trabajadores, y cómo la nación entera se dedicó estoicamente a reconstruirse de las cenizas.
A partir de los años 60, Singapur necesitó el capital y la tecnología de Japón para industrializarse, mientras que Japón vio en Singapur un punto estratégico para asegurar su paso hacia los suministros de petróleo del Golfo a través del Estrecho de Malaca. Lee relata sus encuentros con primeros ministros japoneses como Sato y Tanaka, destacando que el pragmatismo económico permitió superar el resentimiento histórico. Un tema recurrente fue la reticencia de los líderes del Partido Liberal Democrático (LDP) a disculparse formalmente por los crímenes de guerra, una postura que solo se suavizó en los años 90 con líderes como Hosokawa y Murayama, quienes ofrecieron disculpas inequívocas que ayudaron a sanar heridas en la región. Lee concluye que Japón demostró que una nación sin recursos naturales puede dominar los mercados globales mediante la excelencia técnica y la cohesión social.
Capítulo 32: Lecciones de Japón (Lessons from Japan)
Lee profundiza en los sistemas y métodos japoneses que Singapur intentó emular para impulsar su propia productividad. Uno de los aspectos que más lo impresionó fue la gestión de la crisis energética de los años 70: a diferencia de Occidente, Japón implementó medidas de conservación extremadamente rigurosas, como la creación de centros de auditoría energética y el rediseño de aparatos para que fueran los más eficientes del mundo. El autor también destaca el modelo de cooperación entre trabajadores y gerencia, donde la productividad no se veía como una imposición, sino como un “maratón sin línea de meta”.
El capítulo analiza la cultura corporativa japonesa, caracterizada por el empleo de por vida y un sistema de beneficios sociales que genera una lealtad profunda hacia la empresa. Lee relata conmovido casos de responsabilidad extrema, como el de un ingeniero que se suicidó tras fallar en un cálculo de costos, lo que refleja una ética de trabajo ajena a otras culturas. No obstante, Lee señala las dificultades de las empresas japonesas para integrar talento extranjero en sus altos mandos, a diferencia de las multinacionales estadounidenses. Singapur adoptó el enfoque japonés en educación técnica, computarizando su administración pública siguiendo el consejo de los expertos del Ministerio de Comercio Internacional e Industria (MITI) de Japón para convertirse en un “centro de conocimiento e información”. Finalmente, Lee elogia la resiliencia japonesa, citando el comportamiento ejemplar y estoico tras el terremoto de Kobe en 1995 como prueba de su superioridad cultural en disciplina y solidaridad.
Capítulo 33: Corea: En la encrucijada (Korea: At the Crossroads)
La relación de Lee con los coreanos también comenzó con prejuicios, pues sus primeros encuentros fueron con auxiliares coreanos del ejército japonés, a quienes consideraba tan brutales como sus mandos. Sin embargo, el dinamismo económico de Corea del Sur en la posguerra cambió su visión. Lee dedica gran parte del capítulo a la figura de Park Chung Hee, un líder de origen militar cuya voluntad de hierro fue fundamental para la modernización de Corea. Park implementó un modelo basado en el ahorro forzado y la protección del mercado interno para impulsar exportaciones agresivas.
El autor analiza las diferencias entre Corea y Japón: mientras que en Japón los sindicatos son cooperativos, en Corea son militantes y confrontativos, lo que ha generado inestabilidad política crónica. Lee describe a los coreanos como un pueblo intenso y valiente, cuyas protestas callejeras tienen una organización casi militar. El capítulo también aborda la crisis financiera de 1997, que Lee atribuye al colapso del modelo de los chaebols (conglomerados) que priorizaron la expansión de mercado sobre la rentabilidad y la transparencia. Relata su encuentro con el presidente Kim Dae Jung, un antiguo disidente que impulsó la “política del sol” hacia el Norte y buscó la reconciliación nacional perdonando a sus predecesores encarcelados. Lee concluye que Corea debe transitar hacia un sistema más transparente y legalista, similar al británico heredado por Singapur, para seguir siendo competitiva en la economía global.
Capítulo 34: La transición de Hong Kong (Hong Kong’s Transition)
Este capítulo compara el destino de las dos grandes ciudades-estado coloniales de Asia: Singapur y Hong Kong. Lee explica que, mientras Singapur tuvo que forjar su independencia, Hong Kong siempre supo que su destino final era el retorno a China. El autor critica la gestión del último gobernador británico, Chris Patten, por intentar implementar un “curso intensivo de democracia” en los últimos años de la colonia, lo que generó fricciones innecesarias con Beijing y creó expectativas que la economía no siempre podía sostener.
Para Lee, la utilidad de Hong Kong para China radica en sus instituciones “no chinas”: el estado de derecho, la transparencia regulatoria y la eficiencia financiera heredadas del sistema británico. Advierte que si Hong Kong permite que sus valores se diluyan hasta convertirse en “una ciudad china más”, perderá su valor estratégico como intermediario con el mundo. El capítulo relata la atmósfera de la transferencia de soberanía en 1997, señalando que la élite empresarial se ajustó rápidamente a la nueva realidad política. Lee predice que el éxito futuro de Hong Kong dependerá de una convergencia gradual durante los próximos 50 años, donde tanto la isla como el continente deberán transformarse para coexistir bajo el principio de “un país, dos sistemas”.
Capítulo 35: Taiwán: La otra China (Taiwan: The Other China)
Singapur mantuvo una relación especial y discreta con Taiwán desde los años 60, motivada por la necesidad de cooperación militar. Debido a la falta de espacio en Singapur, el presidente Chiang Ching-kuo permitió que las tropas singapurenses realizaran entrenamientos de gran escala en la isla, una deuda de gratitud que Lee siempre ha honrado. Lee describe su estrecha amistad con Chiang Ching-kuo, basada en su mutua oposición al comunismo y una afinidad cultural compartida.
La situación cambió con la llegada de Lee Teng-hui, quien impulsó una democratización rápida y comenzó a promover una identidad taiwanesa separada de la China continental. El autor narra su papel como mediador en las primeras conversaciones históricas (Wang-Koo) entre China y Taiwán celebradas en Singapur en 1993. Sin embargo, la creciente retórica independentista de Lee Teng-hui, culminando en su visita a EE. UU. en 1995, provocó la crisis de los misiles de 1996, la mayor confrontación en décadas. Lee Kuan Yew advierte que cualquier movimiento hacia la independencia formal podría desencadenar una guerra que ni siquiera Estados Unidos podría detener a largo plazo. Concluye instando a ambas partes a buscar una convergencia económica y social gradual, evitando que el nacionalismo destruya lo que Taiwán ha logrado con tanto esfuerzo.
A continuación, presento los resúmenes detallados de los capítulos 36 al 40, los cuales se centran en la relación de Singapur con el gigante asiático y la visión de Lee Kuan Yew sobre la transformación de China:
Capítulo 36: China: El dragón con una cola enorme (China: The Dragon with a Huge Tail)
Este capítulo narra los primeros contactos diplomáticos de Lee con la China comunista, comenzando con su histórica visita en 1976. Lee describe una China que todavía estaba bajo la sombra de la Revolución Cultural: una nación austera, empobrecida y rígidamente ideológica, pero que conservaba un orgullo nacional inquebrantable. El autor relata sus encuentros con Hua Guofeng y otros líderes de la “vieja guardia” antes de la muerte de Mao Zedong. Un punto crucial de este capítulo es la identidad de Singapur: Lee tuvo que dejar claro desde el principio que, aunque la mayoría de los singapurenses eran de etnia china, su lealtad era hacia Singapur y no hacia el “patria ancestral”.
Lee explica que para que Singapur sobreviviera en el sudeste asiático, debía evitar ser visto como una “tercera China” (después de Beijing y Taipéi). Fue enfático en hablar en inglés durante las recepciones oficiales y en rechazar cualquier trato de favor basado en la raza. Observó que la China de los años 70 era un “dragón dormido” cuya infraestructura estaba décadas por detrás del mundo, pero cuyo potencial humano era masivo. El capítulo detalla la desconfianza inicial debido al apoyo de China a las insurgencias comunistas en Malasia y Singapur, un obstáculo que solo se superaría cuando China priorizó el desarrollo económico sobre la exportación de la revolución.
Capítulo 37: La China de Deng Xiaoping (Deng Xiaoping’s China)
Este es uno de los capítulos más fundamentales del libro, pues detalla la relación entre Lee y el arquitecto de la apertura china. El punto de inflexión fue la visita de Deng a Singapur en 1978. Lee describe a Deng como un hombre pequeño de estatura pero con una mente brillante y pragmática, capaz de admitir errores y aprender de otros. Deng quedó profundamente impresionado al ver cómo Singapur, una pequeña isla sin recursos, se había transformado en una metrópoli moderna y limpia.
Lee relata una conversación famosa en la que le dijo a Deng: “Si Singapur, que es descendiente de campesinos sin tierras de Fujian y Guangdong, ha podido prosperar, China puede hacerlo mucho mejor”. Este intercambio plantó la semilla de las Reformas y Apertura (Gaige Kaifang). Lee asesoró a Deng sobre la importancia de atraer inversión extranjera y crear Zonas Económicas Especiales (SEZ) siguiendo el modelo de Singapur. El autor admira la valentía de Deng para romper con el dogma maoísta y abrazar el mercado, señalando que este cambio no solo salvó a China del colapso, sino que alteró el curso de la historia mundial del siglo XX.
Capítulo 38: China más allá de Beijing (China Beyond Beijing)
En esta sección, Lee explora la transferencia de conocimientos prácticos de Singapur a China, conocida como el “software” de gestión. El proyecto central fue el Parque Industrial de Suzhou (SIP), lanzado en los años 90. Lee quería demostrar que los métodos de eficiencia, planificación urbana y honestidad administrativa de Singapur podían aplicarse en el continente. Sin embargo, el capítulo no omite las dificultades: Lee narra con frustración los choques con la burocracia local, la competencia desleal de funcionarios regionales y las diferencias culturales en la interpretación de los contratos.
A través de sus viajes por diversas provincias, Lee ofrece retratos de los líderes que sucederían a Deng, como Jiang Zemin y Zhu Rongji. Destaca la capacidad de estos líderes para manejar una complejidad administrativa sin precedentes. El autor explica que el interés de China en Singapur no era el sistema político democrático, sino el modelo de un estado fuerte que garantiza orden y prosperidad económica. Lee concluye que el éxito de Suzhou, a pesar de sus inicios turbulentos, validó la idea de que China podía modernizarse rápidamente si adoptaba sistemas de gobernanza transparentes y orientados al mercado.
Capítulo 39: Tiananmen
Lee analiza los trágicos sucesos del 4 de junio de 1989 desde una perspectiva pragmática y geopolítica, alejada del idealismo occidental. Explica que, para el liderazgo chino, las protestas estudiantiles representaban una amenaza directa a la unidad nacional y un riesgo de caer en el caos de los “señores de la guerra” del pasado. Lee argumenta que la falta de un sistema institucionalizado para canalizar el disenso dejó a los líderes sin opciones intermedias entre la capitulación y la fuerza bruta.
A pesar de lamentar la pérdida de vidas, Lee sostiene que una China desestabilizada habría sido un desastre para toda Asia, provocando una crisis de refugiados y un retroceso económico de décadas. Describe cómo Singapur manejó la presión internacional para sancionar a China; Lee se opuso al aislamiento total de Beijing, creyendo que la única forma de fomentar el cambio era manteniendo el compromiso económico. El capítulo destaca la resiliencia del régimen y cómo, tras la crisis, Deng Xiaoping reafirmó la apertura económica con su “Gira por el Sur”, demostrando que el control político no significaba el cierre al mundo.
Capítulo 40: China: ¿Será una potencia global? (China: To Be a Global Power?)
En este capítulo prospectivo, Lee reflexiona sobre el ascenso de China al estatus de superpotencia. Advierte que el mundo no debe tratar a China como a cualquier otra nación, sino como el mayor jugador de la historia humana. Lee predice que para el año 2050, el PIB de China rivalizará o superará al de Estados Unidos, lo que obligará a un reajuste masivo en el equilibrio de poder global. El desafío principal será cómo las potencias establecidas, especialmente EE. UU., podrán acomodar a un gigante que no tiene intención de ser un “miembro honorario” de Occidente, sino que busca recuperar su lugar central en el mundo.
Lee analiza las tensiones inherentes al modelo chino: la necesidad de apertura para innovar frente al deseo del Partido Comunista de mantener el control social. También aborda el nacionalismo chino como una fuerza de cohesión poderosa pero potencialmente peligrosa si se sale de control. Concluye que la paz mundial dependerá de la sabiduría de los líderes estadounidenses y chinos para evitar una colisión inevitable. Para Singapur, la estrategia es clara: ser un interlocutor honesto y un socio valioso para ambas partes, entendiendo que el siglo XXI será definido por el éxito o el fracaso de la integración de China en el sistema internacional.
Capítulo 41: Pasar la batuta (Passing the Baton)
En este capítulo, Lee reflexiona sobre la importancia crítica de la sucesión en el liderazgo. Explica que decidió renunciar como primer ministro en noviembre de 1990, a pesar de estar todavía en plena forma física y mental, para evitar el error de otros líderes (como su contemporáneo Suharto) que se aferraron al poder hasta que las crisis los sobrepasaron. Su objetivo era ayudar a su sucesor, Goh Chok Tong, a consolidarse mientras él aún pudiera servir de apoyo como “Ministro Senior”, sin la presión de las decisiones diarias.
Lee sostiene que el factor decisivo para el desarrollo de Singapur no fue un sistema político perfecto, sino la calidad humana de sus ministros y funcionarios. Describe el proceso de “autorrenovación” del partido, que no se dejó al azar ni a los activistas de base, sino que implicó una búsqueda activa y rigurosa de talentos en el sector privado y académico. Relata con franqueza lo doloroso que fue apartar a la “vieja guardia” (como Toh Chin Chye) para dar paso a hombres más jóvenes y con formación técnica superior.
Finalmente, el autor detalla cómo los ministros más jóvenes eligieron por consenso a Goh Chok Tong. Lee admite que Goh no era un político nato y que tuvo que recibir entrenamiento para mejorar su oratoria y presencia pública, pero destaca su dedicación y capacidad para trabajar en equipo. La prueba de fuego para este nuevo equipo fue la crisis financiera de 1998, la cual manejaron con una competencia que terminó por silenciar a los críticos extranjeros que veían a Goh solo como un “calentador de asiento” para la familia Lee.
Capítulo 42: Mi familia (My Family)
Este es el capítulo más personal del libro, donde Lee rinde homenaje a su esposa, Kwa Geok Choo, y describe la dinámica de su hogar. Destaca que Choo no solo fue su socia intelectual —corrigiendo borradores de sus discursos y faxes—, sino también su mayor apoyo emocional y una guía infalible para juzgar el carácter de las personas mediante su intuición. El hecho de que ella fuera una abogada exitosa le dio a Lee la libertad mental para dedicarse a la política sin preocuparse por el sustento de sus hijos en caso de que él fuera encarcelado o asesinado.
Lee relata con orgullo y detalle la trayectoria de sus tres hijos: Hsien Loong, Wei Ling y Hsien Yang. Todos fueron educados en escuelas chinas para asegurar que crecieran en un entorno con valores sólidos y disciplina. El autor aborda con valentía las tragedias familiares, especialmente la muerte de la primera esposa de Hsien Loong y el diagnóstico de autismo de su nieto Yipeng, así como la lucha posterior de su hijo contra el linfoma.
Ante las acusaciones de nepotismo por el ascenso de sus hijos a puestos de alta responsabilidad, Lee es tajante: en un sistema de meritocracia extrema como el de Singapur, sus hijos tuvieron que demostrar una excelencia académica y profesional superior para ganar el respeto de sus pares y del mercado. Concluye resaltando la cercanía de su familia extendida y el papel de su madre, quien lo cooptó desde adolescente como cabeza de familia, una responsabilidad que ha llevado con seriedad durante toda su vida.
Capítulo 43: Epílogo (Epilogue)
El epílogo es una reflexión melancólica pero firme sobre los cambios monumentales que Lee presenció. Contrasta su infancia, cuando viajaba en carretas de bueyes, con su madurez, volando en el avión supersónico Concorde. Reflexiona sobre los enormes riesgos que él y sus colegas corrieron al formar el PAP en 1954; admite que, si hubieran conocido la complejidad de los peligros que les esperaban —insurgencias comunistas, disturbios raciales y la expulsión de Malasia—, quizás nunca habrían tenido el valor de empezar.
Lee atribuye el éxito de la nación a la camaradería inquebrantable de su equipo original (Goh Keng Swee, S. Rajaratnam, Hon Sui Sen, entre otros). Eran hombres que confiaban sus vidas los unos a los otros en tiempos de crisis y que no se guiaban por encuestas de opinión pública, sino por lo que creían necesario para la supervivencia nacional. El autor subraya que sus colegas, a menudo mayores que él, nunca tuvieron miedo de decirle cuándo estaba equivocado, lo cual lo protegió de la megalomanía que suele afectar a los líderes con largas trayectorias.
Su mensaje final es una advertencia para las futuras generaciones: Singapur es una nación “creada por el hombre”, un milagro frágil que no puede permitirse ser mediocre. Para sobrevivir como ciudad-estado sin recursos naturales en un mundo competitivo, debe seguir siendo extraordinaria, honesta y estar gobernada por los mejores talentos. Lee concluye aceptando con orgullo su papel en la creación de este “Estado Niñera” (Nanny State), convencido de que la disciplina y la previsión son los únicos garantes de la libertad y la prosperidad real de su pueblo.